Era una tarde bastante peculiar en Estocolmo. Mi amigo del Caribe había llegado por fin y lo extrañaba mucho, aunque decirlo así suene pobre para alguien que podía entender ciertas partes de mi vida sin pedirme demasiadas traducciones.
Con LJ había hablado muchas veces de lo verdadero y lo falso. De esa corriente de los planos que, escrita así, parece una exageración, pero entre nosotros funcionaba como una forma de nombrar lo que no sabíamos poner en orden.
Él recordaba un viaje a Sonora. Yo lo recordaba a medias. De no ser por las fotos, no tendría claro casi nada. En esos días no tomé los medicamentos y eso, como ya he dicho más de una vez, hace que falle el HDD.
Su visita fue espléndida.
Hablamos durante horas. O eso quiero recordar. Quizá no fueron tantas, pero las conversaciones con LJ siempre tenían esa trampa: uno empezaba hablando de una cosa y terminaba en otra sin notar en qué momento cambió la dirección.
Salieron los textos sobre la pérdida de memoria colectiva, la saturación de información, Snowden, las filtraciones, los archivos que aparecían como si alguien hubiera dejado una ventana abierta en una casa que todos jurábamos cerrada. En ese tiempo todavía creíamos, con cierta ingenuidad, que saber más podía ayudarnos a entender mejor. Ahora no estoy tan seguro.
También hablamos de política, aunque casi nunca hablábamos de política como la entiende la gente que todavía cree en las fotografías oficiales. Para nosotros era otra cosa: familias, favores, oficinas, nombres que pasan de una mesa a otra sin ensuciarse las manos. Le dije que tuviera cuidado. Seguro soné paranoico. Ya me ha pasado. Pero en México las cosas rara vez llegan con el nombre que traen por dentro.
Le recordé los hijos predilectos del poder, los contratos que nadie parecía entender y que, sin embargo, todos aprendían a respetar. Los caprichos privados convertidos en asunto público. Los hombres uniformados a quienes nadie toca demasiado mientras sigan siendo útiles. Esas familias que no gobiernan siempre, pero casi nunca dejan de cobrar.
También le dije que no creyera demasiado en las siglas. Cambian de color, de discurso, de fotografía. Pero algunas estructuras sólo cambian de anfitrión.
—Cuando llegue la otra ala, hará lo mismo —le dije—. Con mejores palabras, quizá. Pero lo mismo.
No sé si lo dije exactamente así. A veces uno recuerda la intención y después la viste con frases menos torpes. Pero la idea era esa.
En algún momento hablamos de los cuarenta y tres. De esa herida que muchos nombraban con prisa y pocos querían mirar de frente. Yo sospechaba que, en las alturas, nadie haría caso como debía. No donde importaba. No mientras la verdad siguiera amenazando cosas vivas.
También hablamos de tecnología. De vigilancia. De esa sensación nueva de estar dejando rastros en todas partes y, aun así, seguir creyendo que nadie miraba.
Le dije que la tecnología no estaba del lado de los buenos. Nunca lo ha estado. Está del lado de quien entiende primero sus consecuencias. Para entonces ya no bastaba vigilar a un hombre. Había que mirar sus rutas, sus hábitos, sus amistades, sus búsquedas, sus horarios, las pequeñas torpezas digitales que uno deja tiradas creyendo que nadie las recoge.
Herramientas hechas para mirar sin ser vistas.
Y, aun así, muchos seguían creyendo que la libertad consistía en escribir más rápido.
LJ me veía menos preocupado.
Tomaba su café a la par de fumar su cigarrillo. Me miraba con esa sabiduría tan propia a su edad, nuestra edad, como si ya hubiera entendido que algunas cosas no se enfrentan con alarma, sino con una calma lo bastante firme para no regalarles el miedo completo.
—Calmado, T. L sabe perfectamente tu posición. Ella no me traicionaría. Ahora estoy gestionando algunos usos de las cruces e identidades asimétricas.
Lo dijo como se dicen las cosas que todavía no han sido puestas a prueba.
¿Quién iba a imaginar que estaría trabajando de eso y no de la Filosofía del Lenguaje?
Dentro de la red circulaban muchas cosas, pero si no venían de fuentes confiables, todo se desechaba. Esa era una de nuestras pocas reglas decentes. No todo lo que aparece merece convertirse en verdad.
El problema era otro. Los viejos mecanismos ya estaban aprendiendo a usar herramientas nuevas. Los noticieros que habían perdido el monopolio del relato se adaptaban al formato que antes despreciaban. Los nuevos independientes empezaban a parecerse demasiado a aquello que decían combatir. Tal vez así ocurre siempre. Uno envejece y descubre que muchas revoluciones también tienen departamento de ventas.
—Sí —me dijo—. No obstante, están haciendo que la gente esté informada de lo que acontece.
—Mira, T: hoy todos son Charlie, pero no quieren ser parte de los 43 en su totalidad. Son ciber-cosmopolitas. Entran al tren del mame sin entender los trasfondos. Se quedan con el cascarón de las cosas en sí. Y eso no forma un juicio de valor. Sólo es un argumento hueco y falto de sustancia.
Lo escuchaba y no sabía bien si la decepción era suya o mía. En esas conversaciones, a veces, uno termina cargando una frase que no recuerda haber dicho.
—Hace algunos años, en la Universidad, un chico teorizaba sobre una revolución en 2010. Como en nuestro país los movimientos armados se dieron tanto en 1810 como en 1910, pensaba que podía darse algo por medio del uso de las redes sociales. Decía que la historia podía devolvernos un momento cíclico y quizá podríamos ver la luz.
Me quedé callado.
Lo veía con mucha ilusión.
Le dije que era un soñador. No porque quisiera aplastarlo. Más bien porque me cuesta confiar en las ovejas electrónicas de nuestra sociedad. La gente estaba demasiado preocupada por reconfigurar su imagen a través del espejismo que las redes estaban creando. Y siguen creando.
Pensé entonces que el juego estaría en fabricar nuevos ídolos por medio del usuario común. Antiguos rostros de la televisión terminarían mudándose al formato que antes miraban por encima del hombro. Y muchos de los que sirvieron al viejo relato aprenderían a rendir cuentas al nuevo zar digital y análogo, siempre que ese zar les permitiera seguir cobrando.
No dije todo eso en voz alta. O quizá sí. Con LJ era difícil saber dónde terminaba la conversación y dónde empezaba el monólogo.
Después me recordó nuestros últimos días en los cursos de informática y ese afán que compartíamos por las letras. De pronto el país, las redes y las oficinas quedaron un poco lejos. La conversación volvió a esa zona donde uno habla de lo que todavía duele sin avisar demasiado.
—Deberías continuar con ese libro. Me gustó el último manuscrito que me enviaste. Sin proponértelo, estás a dos de ser uno de los mejores escritores de tu generación.
No supe qué hacer con eso.
Hay elogios que llegan tarde. Otros llegan antes de que uno sepa merecerlos. Ése llegó en un momento raro, cuando escribir no se sentía como una posibilidad sino como una casa abandonada.
—LJ, tú mejor que nadie sabes que no puedo seguir escribiendo esta cosa. He perdido parte de la fuerza que me permitía continuar redactando la novela. Ella es la fuerza de mi vida para continuar este viaje.
LJ no se burló.
Los buenos amigos rara vez se burlan cuando tienen derecho a hacerlo.
—Ok. Pero ¿qué harás cuando ya no sea esa fuerza natural? No quiero pensar en tu futuro atado a una mujer que ya decidió cerrar la puerta para ti.
—Es difícil de entender, amigo.
—Todo es complejo y fácil a la vez, hermano. Eres uno de los humanos más complejos que conozco. Eso te hace enigmático y sencillo.
Me quedé mirando algún punto de la mesa. O de la ventana. No lo recuerdo bien. A veces la memoria conserva el golpe, no la posición del cuerpo.
—Extraño mucho.
Fue una frase pobre. Todavía me da pena por lo exacta.
—Te extrañas en tus mejores momentos —respondió—. Ella está viviendo sus mejores momentos y sin ti. Eso quiere decir que ha superado ese sueño y está funcionando como la mayoría de los seres humanos: viva.
Hubo un silencio.
No recuerdo cuánto duró.
Creo que los silencios importantes no se miden. Se quedan ahí, ocupando espacio, hasta que uno aprende a caminar alrededor de ellos.
Entonces me preguntó:
—Por cierto, ¿por qué estás en Estocolmo?
Él conocía perfectamente la respuesta.
Y quizá por eso pudo hacer la pregunta.