Escuchaba Wanna, de Ursula Rucker, cuando empecé a darle vueltas a la idea de propiedad.
No sé por qué esa palabra me incomoda tanto. Propiedad. Suena limpia en los papeles y bastante sucia cuando entra en una relación. Uno puede entender que una casa tenga dueño, que un libro tenga nombre escrito en la primera página, que una cuenta tenga firma, que una llave abra una puerta y no otra. Pero con las personas todo se vuelve más torpe.
¿En qué momento algo del otro empieza a sentirse nuestro?
No digo pertenecer. Esa palabra ya viene podrida si uno la usa mal. Digo otra cosa: el derecho mínimo de entrar, preguntar, tocar una parte de la vida de alguien porque esa persona nos abrió una puerta, una rutina, una conversación, una cama o una tristeza.
La confianza empieza por ahí, no como gran declaración, sino como permiso pequeño. Una zona donde el otro te deja pasar sin pedirte identificación cada vez.
Al tener confianza de alguien, uno se vuelve partícipe de lo permitido. Eso suena sencillo hasta que el permiso empieza a confundirse con derecho. Y ahí comienzan muchos problemas, porque no todo lo que alguien nos muestra nos pertenece. No toda intimidad entregada puede usarse después como prueba, moneda o amenaza.
Hay amistades que funcionan por acuerdos que nadie escribe. Respeto, cuidado, horarios raros, silencios que no se preguntan, chistes que sólo tienen sentido entre dos, una que otra moral antigua que uno no sabe nombrar, pero reconoce cuando alguien la rompe.
Con el amor la cosa se vuelve más delicada.
Cuando decimos “eres mía” o “soy sólo para ti”, a veces creemos estar diciendo ternura. Quizá alguna parte de nosotros sí lo dice. Pero también estamos metiendo una cerca alrededor de algo que debería respirar. La exclusividad puede ser un acuerdo. El problema empieza cuando se vuelve escritura de propiedad.
Yo también lo hice.
No voy a fingir superioridad. Dije frases así. Las escuché. Las creí. Llegué a pensar que amar a alguien consistía en guardar para uno una zona privada de esa persona, como si el amor verdadero necesitara una etiqueta de acceso restringido.
Después entendí que muchas veces lo que llamamos amor es una mezcla bastante torpe de deseo, miedo, costumbre y administración del territorio. Uno quiere sentirse único, especial, diría alguien con peor gusto, y para sentirse único a veces necesita que el otro reduzca el mundo. Que mire menos, que salga menos, que no recuerde tanto, que no tenga demasiadas vidas fuera de la que comparte con nosotros. Es una estupidez, pero una estupidez común. La privacidad del amor puede terminar pareciéndose demasiado a una jaula bien decorada.
Durante algunas semanas intenté recordar cómo había conocido y entregado amor en distintas épocas. No como inventario sentimental, aunque algo de eso había. Más bien quería entender qué parte de mí se repetía, qué ofrecía, qué exigía, qué llamaba cuidado cuando quizá era control.
¿Cuántas veces dije “sólo soy para ti”? ¿Cuántas veces esperé escuchar algo parecido?
PPSPT, pensé: Propiedad Privada Sólo Para Ti.
Me dio risa. Luego me dio pena. La risa suele llegar primero cuando todavía no queremos admitir que la idea nos describe.
Lo propio, tal vez, no es lo que uno puede encerrar. Lo propio es lo que uno está dispuesto a entregar sin convertir el gesto en una factura. Esa sería una forma más honesta de empezar: qué estás dispuesto a dar, qué esperas recibir, qué parte de ti queda comprometida cuando alguien acepta tu ayuda, tu compañía, tu escucha, tu cama o tu secreto.
Ahí entra la confianza.
Y también la deuda.
Porque cada vez que alguien nos deja entrar en su vida, nos entrega algo que podríamos usar mal. Una debilidad, una historia, una llave, un horario, una forma de dormir, un nombre que no pronuncia frente a todos, una herida que sólo se toca con cierto cuidado.
La ética, si sirve para algo, empieza en ese instante. No cuando hay testigos ni cuando hay contrato, sino cuando podrías aprovecharte de lo que sabes y decides no hacerlo.
Lo público también tiene algo que ver con esto. Las calles, los espacios, las pequeñas cortesías que todavía sostienen la idea de que vivimos entre otros y no sobre otros. Dar los buenos días. Ayudar a alguien a cruzar. Abrir paso. No humillar al que se equivoca. Cosas mínimas, casi ridículas, hasta que faltan.
Quizá por eso me molesta tanto la idea de propiedad mal entendida. Porque reduce la vida a posesión. Mi pareja. Mi amigo. Mi empleado. Mi contacto. Mi gente. Mi lector. Mi lugar. Todo dicho con una seguridad que no siempre viene del cariño; a veces viene del miedo de perder control.
¿Qué es lo que verdaderamente estamos dispuestos a dar?
Esa pregunta me parece más útil que preguntar qué nos pertenece. Dar sin volverse mártir, recibir sin apropiarse, cuidar sin invadir, entrar sin colonizar, retirarse sin castigar. Parece sencillo escrito así. En la vida real casi siempre se vuelve un desmadre.
Lo propio crece de otra manera. No cuando uno acumula personas alrededor, sino cuando alguien puede acercarse a nosotros sin sentir que vamos a convertir su confianza en jaula.
Lo otro puede tocar nuestra vida sin volverse nuestro.
Tal vez ahí empieza una forma menos miserable de amar.